
La alimentación debería ser un derecho fundamental para todos los seres humanos de este planeta y nuestros actuales dirigentes dicen trabajar en esta línea, pero las cifras de la cantidad de personas en el mundo que mueren diariamente de hambre no dejan de subir. Ante esta situación, el mensaje que nos llega de los medios de comunicación es que no se produce suficiente alimento para todos y que hay que invertir en una agricultura más intensiva, para arrancarle más producción a los procesos naturales de creación de alimento, y que esto justifica tecnologías poco sostenibles (incluso peligrosas) como los cultivos hidropónicos, los cultivos transgénicos, los cultivos de regadío en tierras desérticas, etc… pero el sentido común nos dice que el problema es la dependencia de que sean otros los que produzcan nuestros alimentos, cada vez más lejanos por la globalización de los mercados económicos. Ante esta situación actual, tras varias décadas de gran desconexión con la tierra y los ciclos naturales, con los que nuestros antepasados estaban en sintonía para desarrollar “el arte de cultivar” hasta la llegada de la agricultura química o industrial (hace más de 60 años), volvemos a reconocer la capacidad y responsabilidad para producir nuestros alimentos.